junio 05, 2012

Noche de presentaciones





Gracias a Kaypi Kani y Ciclón de poesía, este sábado 9 de junio estaremos presentado, dentro de Noche de presentaciones, nuestra última publicación, el libro de relatos Los huéspedes de Macaria de Danny Miranda Castillo.
La cita es en el Ristorante “O Sole Mio! Calle Izaga 774, a las 7:00 p.m.


Presentan: Stanley Vega y César Boyd



(Compartiremos esta evento con la presentación del 2do. número de la revista literaria “Mutantres”, la Intervención teatral del  director y actor argentino Pablo Tur y la participación musical de Pako Irigoyen, vocalista de Víctimas del vacío)



Los esperamos!!!

abril 02, 2012

Sobre Dos mil doce y otros poemas terminales



Huellas dactilares

César Boyd


Este libro consta de textos que creí perdidos en un laberinto de archivos. Junté todo un bloque de concreto y comencé a darle forma mientras iba encontrando a mi paso la materia prima que ahora se condensa aquí. Hice lo que un padre haría con sus hijos: mostrarles la libertad poco a poco, hasta acostumbrar a cada poema a la independencia. Los resultados han sido las manifestaciones de estilos de distintos tiempos que se han confundido en mi sola corta vida.

El título del libro se relaciona con su designio, que es un poco también el mío. Por ello, estos poemas sucumben como el año misterioso del Calendario Maya: el 2012. Sus muertes han estado contenidas, pues corresponden a una etapa final de mi existencia como poeta. Y aunque pueda resultar polémico el tratar de explicar si se puede dejar de ser lo que se ha sido, lo que sí es un hecho, es que escribir poesía para mí ha terminado, lo que será sin duda un alivio para el mundo. Sin embargo, a propósito del apocalíptico título, cabe mencionar qué ha sido para mi experiencia este arte inmovilizador.

Nunca fue un placer idílico escribir poesía. Desde mi adolescencia, en la búsqueda de una rima más o menos decente o, ya en la juventud, hallando musicalidades o aforismos, siempre me ha resultado angustiante el enfrentarme con ese extraño arte. Los motivos de esa desdicha los he buscado en mi interior sin éxito; por lo que no podría confiar en una hipótesis emitida, pero sí podría describir con detalle cuáles han sido las sensaciones más cercanas de esa angustia.

A la poesía la he sentido absolutamente asfixiante. Incluso antes de publicar mi primer libro en el 2002, me había llegado su imagen de una manera poco probable. Desde mis primeros años de poeta, siempre la he visto con desmesura, como algo exclusivo y excluyente. La he percibido con esa carga emocional paranoica. Es decir, desde el primer momento en que decidí seguir esta carrera sin título, escribir poesía ha sido presión pura, ¡presión pura!

Para mí nunca la poesía fue un desahogo, una catarsis, una utilidad, nunca fue un elemento con el cual se puede vivir con tranquilidad, nunca. Vivir como poeta era leer a cada instante (en los buses, en la calle, en mi cuarto), era encerrarse días escribiendo desenfrenadamente, sin ducharme, sin salir de casa, sin comunicarme con nadie, comiendo poco; vivir como poeta era también reunirme con mis amigos hablando de literatura por horas hasta el amanecer, con una potente euforia que el alcohol a veces elevaba; vivir como poeta era nunca comprar nada que no sean libros, decenas, cientos, sin reparar en gastos (en diez años nunca compré algo que no se relacionara a la poesía como ente de angustia, lo que a veces me merecía el rechazo de algunos familiares, que aconsejaban a mi madre mi inmediato internamiento en un centro de reposo); vivir como poeta era saber de todos los temas, buscar nuevos tópicos, existir en la filosofía más compleja; vivir como poeta era llorar a cada instante por mis fracasos, por mis delirios, por mis lecturas, y escribir de eso, o no escribir nada de eso, sino solamente presionarme y presionarme para conseguir un poema, un solo poema, y luego otro, y otro, hasta el infinito; vivir como poeta era no creer en un Dios que interfiriera con la escritura y la desmesura; vivir como poeta era patear todos los tableros, menos el de la poesía porque en ella estaba la salvación más absoluta. En conclusión, la poesía jamás para mí ha sido un arte, como se le conoce al “arte”, sino una forma de vida, un cuerpo compacto con venas y testículos.El número diez siempre me resultó enigmático. Y fueron diez años en los que le di todo a la poesía, todo: las noches de insomnio, las amanecidas de lectura, las correcciones enfermizas, las conversaciones insufribles. Y aunque sé que lo que he escrito no tiene mucho valor, mi decisión va por el lado de mi sosiego; pues el arte es respiración, guerra, sangre, y a mis treinta años, tengo una vida en la cual otras experiencias se me abren. Ya me siento realizado, y Dos mil doce y otros poemas terminales es el fin de esa otra vida aventurera.


(Prólogo no aparecido en el libro por motivos de descoordinación)

diciembre 22, 2011

Sobre el presente y futuro del arte peruano

El autor de la nota  en su taller. 

Por Christian Bendayán


En la revista Somos del sábado 17 de diciembre, un artículo reunió comentarios de varios personajes influyentes en las artes visuales peruanas sobre el futuro del arte en nuestro país, describiendo, en muchos casos, sus impresiones sobre el presente. Y es sobre el presente, creo yo, que vale la pena detenerse para pensar ese punto de balance que significa el fin del año.

En el referido artículo, el reconocido artista Fernando de Szyszlo dice “El futuro del arte peruano me preocupa de la misma manera o incluso menos que el futuro del arte en general, que está en un punto más bajo del que ha estado nunca”. La verdad, no comparto esta opinión al punto que asumo estas palabras como una sentencia injusta hacia la obra de tantos artistas, críticos, curadores y demás trabajadores del arte, que venimos desde hace muchos años haciendo grandes esfuerzos por continuar y renovar esta infinita cadena de creación. Creo que hay que estar ciego para no notar los grandes logros del arte peruano en este tiempo; empezando por el reconocimiento internacional conseguido por algunos artistas, el impacto del arte provinciano en el circuito oficial limeño, la incorporación del arte indígena al circuito de galerías, la valoración del arte popular urbano y la integración de éste al discurso artístico de tantos jóvenes; así como el impacto del arte en los medios de comunicación, la obra conjunta de colectivos y circuitos creativos independientes, el creciente impulso de la fotografía, entre tantas otras conquistas en estas tierras donde los esfuerzos particulares saltan los cercos de la indiferencia del estado.

Afortunadamente, la labor de los artistas cuenta con el apoyo de la crítica, que nunca antes asumió de manera tan amplia y diversa su tarea; así,  hay quienes investigan y curan muestras con el fin de rescatar parte importante de la siempre incompleta historia del arte peruano; curadores del arte más reciente, abiertos a comprender las inquietudes de quienes viven con mayor intensidad el impacto de las nuevas tecnologías y tendencias estéticas; curadores especializados en disciplinas que en los últimos años han generado una importante producción como la fotografía, el video y las instalaciones, como también los que nos enseñan el gran valor de las artes tradicionales de nuestros pueblos y comunidades del interior del país; en fin, proyectos que comienzan a difundirse más allá de nuestras fronteras estimulando un interés general hacia el país y su historia.

Continúa Fernando de Szyszlo: “El verdadero sentido del arte” no cambiará con el paso del tiempo. Es una búsqueda interior, dice, y está más allá del dinero, el nivel de ventas y las herramientas que se utilice.”

La labor del artista hoy es más de lo que de Szyszlo considera debe ser: “una búsqueda interior”.  En el Perú, hace tiempo que los artistas peruanos suben a cerros para representar imágenes de devoción popular, que pegan afiches o pintan paredes en las calles para generar una reflexión ante el machismo, el racismo o los daños al ecosistema; que marchan, lavan banderas y tiñen de coraje sus lienzos cuando el abuso pisotea nuestros derechos y destruye nuestra tierra. Hace tiempo que acogemos el mensaje de lo que se pinta sobre un lienzo en la tranquilidad de un cómodo taller así como asumimos las verdades que nos llegan en retablos, telares, cerámicas, tallados, carteles, afiches y murales, con las historias de pueblos enteros, de sus victorias y derrotas.

Saber que este año el concurso de arte contemporáneo más importante del Perú tuvo como ganadores a una artista nacida en Ayacucho, uno de Cusco y uno de la etnia uitoto de la comunidad de Pucaurquillo en Loreto,  me deja claro que pasamos por un momento en que el arte que se produce en todo el país encuentra vías de desarrollo, que vivimos un tiempo lleno de oportunidades de intercambio, de descubrimientos y deslumbramientos con inquietos artistas jóvenes que, ahora más que nunca, provienen no sólo de sectores con posibilidades económicas sino también de los hogares y los lugares más humildes del Perú. Vivimos tiempos de respeto a la diversidad, donde las opiniones pesimistas a estas alturas solo pueden venir de quienes no miran más allá de “su interior”, y no se enteran que el futuro del arte peruano no es para preocuparse, sino, para ocuparse que siga por el camino de la integración de todas las sangres y todas las clases.